Yo soy, si tu eres.

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Estamos atravesando un momento importante en el mundo y, particularmente, en nuestro querido país. Es vital asumir la gravedad exponencial a la que nos sometemos si no cesan los contagios de COVID-19, pues, hoy más que nunca, como dicen nuestro hermanos africanos “yo soy si tu eres“.

Contradicciones y convergencias

Esta problemática en nuestro país (mi punto de análisis), tiene tres patas fundamentales: la salud, la economía y la política.

La salud

Los expertos epidemiólogos han de precisar todos los aspectos medulares de la epidemia y las medidas óptimas para detener su proliferación y, en el mejor de los casos, erradicarla localmente. Aunque es esencial comprender que, se estima, la misma ha de crecer a lo largo de los meses inexorablemente. Pues, como comunicaba ayer el Presidente Alberto Fernández, lo fundamental es controlar la epidemia a tal punto que nos garantice que el Estado tendrá los recursos necesarios para abordar aquellos casos sospechosos y confirmados. Por supuesto, esto implica una taxatividad impermeable en los aspectos preventivos para aquella población inmunodebilitada, por ejemplo, vacunaciones contra la gripe para adultos mayores. Sin olvidar que, desde ya, se deben proseguir con la atención de aquellos casos normales y habituales en la salud de nuestro pueblo.

La economía

Veamos que hablar de salud implica, por sí mismo, hablar de economía y política. Pero, en este caso, la etimología de la economía debe prevalecer: “cuidado de la casa común“, que es muy diferente a la crematística de la que hablaban los griegos, el arte de lucrar. Ni más ni menos. La función social debe prevalecer. Cuando hablamos de la casa común, naturalmente, nos referimos a nuestro país. El funcionamiento interno debe generar los “panes y peces” necesarios para abastecer a un pueblo en cuarentena. En el caso de los que trabajan en relación de dependencia, aun con sueldos escasos y miserables, con optimismo, se espera puedan sobrellevar la situación a duras penas. Pero también tenemos aquellos hermanos que viven el día a día; aquellos que sufren la pobreza extrema desde siempre, por fuerza bruta, tal vez ha llegado el momento de cumplir el imperativo categórico semita “dar de comer al hambriento” sin mezquindades políticas. En estos caso, el cuidado de aquellas personas infectadas debe ser de tal rigor que no permita la penetración en los sectores desgraciados de nuestro pueblo, lo que sería el verdadero caos. Esto, a su vez, implica una conciencia extrema por parte del pueblo, pues, la irresponsabilidad de una persona puede devenir en un efecto mariposa. Sin embargo, tampoco es posible que las medidas de cuarentena, por añadidura, la inactividad económica, haga lo que no hace el virus.

La cuestión esencial será la de plasmar el correcto funcionamiento de la economía que nos permita subsistir. Mercados esenciales como los de la salud, la comunicación, la energía y la producción de alimentos (y todos los que se desprendan de estos) siguen el curso del bien común. Entonces, esto quiere decir que, si bien hay una cuarentena general, hay sectores en la economía que no pueden parar. La crisis nos empuja a volver a la esencia de la economía: repartir los panes y peces. Asimismo, la crisis nos empuja a la esencia de salud: curar al enfermo, por él mismo, pero fundamentalmente por el pueblo.

La política

La política, por su parte, debe tener como eje rector de todas sus medidas, la factibilidad. El perjuicio económico no debe superar al perjuicio sanitario. El riesgo medular se encuentra en el equilibrio de estas dos disciplinas que se disputan, nada más ni nada menos, que la vida de un pueblo. Asimismo, para aumentar los males, no olvidemos que estamos en presencia de una supercrisis. El problema que se viene sobrellevando hace algunos años, no solo implica el endeudamiento externo de la patria, sino el deterioro de su base material, es decir, los trabajadores y las empresas.

Una vez más, volviendo a la esencia de la economía, el eje rector, como decía Marx (olvidado por los marxistas), es el trabajo vivo (Lebendige Arbeit), no el dinero, el trabajo vivo, es decir, el trabajador. Esto es esencial porque hablamos del verdadero productor de la riqueza y el único productor, en el sector privado, capaz de generar los dólares necesarios para adquirir aquellos recursos que NO se producen en el país, por ejemplo, ciertos componentes de los medicamentos. Esto quiere decir, la planificación económica, sanitaria y el direccionamiento político tendiendo al bien común debe ser un tríptico indisoluble.

Conclusión

Estamos en una situación donde el gobierno debe tener un eje rector que es la factibilidad. La tracción de la economía real interna (y su influjo en la externa) debe estar garantizada y el campo de la salud debe tener dos ejes fundamentales: el control de la epidemia y el cuidado de aquellos trabajadores que afrontan (incluido el mismo sector de la salud), aún en juego su vida, la problemática con el cuerpo y el espíritu. Estamos en un momento de crisis donde las actividades fundamentales recobran su peso específico originario, muchas veces subsumidos por intereses secundarios: la economía a dar de comer al hambriento; la salud a curar al enfermo y la política al bien común.

Aquel sector del pueblo que pueda permanecer inmovilizado, que lo haga. De él dependerá que cese la proliferación y, por ende, el bienestar de los grandes hombres y mujeres que hoy sostienen a la nación en el campo de batalla.

Salud al pueblo trabajador que hoy, nuevamente, se juega el cuero por el prójimo, pero en especial a mi querida madre quien, una vez más, juega un rol protagónico en el campo de la salud y orgullosamente vuelve a hacer GRANDE E INMORTAL A LA PATRIA.

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